Without Faith.


Mantén la fe, es lo que siempre se dice después de correr casi un kilómetro. Mantén la jodida fe… se repite una y otra vez, con las manos descansando sobre sus rodillas, tratando de retener las lágrimas que amenazan con salir de sus ojos.

Cuando siente que no puede más, cuando está a punto de perder esa fe que es tal frágil, cierra los ojos y los aprieta con fuerza. Respira hondamente un par de veces, siendo incapaz de relajarse. Cuando llegan momentos como estos, es cuando se endereza, mira al cielo y comienza a gritar.

       " ¡TE ODIO! ¡MALDITA SEA, TE ODIO!"

Lo grita y repite como una mantra. Hay veces en que lo repite tan rápidamente que las palabras comienzan a perder su significado y es ahí cuando sus piernas de debilitan, cae al suelo y comienza a llorar sin consuelo alguno.
Ha sido muy fuerte… tan fuerte que ha perdido las ganas de seguir adelante.

Donald Way.


Donald Way.

Un día en la vida de Donald Way no es fácil. Por supuesto, muchos deben de pensar lo contrario. Es decir, ¿qué tan difícil es ser él? Ni siquiera su esposa, Donna, entiende qué tiene de complicado ser él: ella es la que tuvo que dejar a un lado su carrera para poder dedicarse de tiempo completo a sus hijos, ¡ella es la que tuvo que soportar los berrinches de los niños y cambiar pañales!

Claro que cada vez que Donna comienza con sus quejas, Donald sólo pone los ojos en blanco y finge estar ocupado con los papeles que están en su escritorio, esperando que así su mujer lo deje en paz. A veces funciona, como hay veces en que no sirve de nada.

Hay ocasiones en las que Donald se ve tentado en decirle, de una vez por todas, por qué ser él es tan complicado, sin embargo Dios le ha regalado el poder de controlarse, morderse la lengua y aguantar los berridos de su mujer.
No lo malinterpreten, adora a su esposa, pero es en situaciones como esas en las que no puede evitar pensar en lo diferente que habría sido su vida si en vez de casarse con una italiana que está acostumbrada a que siempre se haga lo que quiere, a si se hubiera casado con una americana aburrida que con suerte terminó la preparatoria.

Cuando piensa en eso, es cuando se da cuenta de lo afortunado que es por tener a Donna a su lado, pues ella siempre le ha brindado emoción a su vida, además que es entretenido discutir con ella sobre casos jurídicos que aparecen en el periódico. Sí, no cambiaría a su querida Donna por nada.

En fin, después que su mujer deja de quejarse hasta del perro, es cuando finalmente puede concentrarse en el trabajo que tiene pendiente sobre su escritorio. Ahí es donde comienza su dolor de cabeza, pues es donde descubre quienes de sus hombres enfrentan cargos penales, qué tan graves son y es donde tiene que elaborar una muy buena defensa para dejarlos libres.

Eso es cuando la persona acusada es alguien demasiado valiosa para la Familia, en caso que sea lo contrario, simplemente manda a otro de sus hombres para que se encargue de ese asunto. Sinceramente, es la forma más fácil de arreglar los problemas: prefiere matar a miembros de la Familia a gastar dinero para salvar sus estúpidos traseros.

El que normalmente se encarga de “arreglar” esos “asuntos,” es el mayor de sus hijos: Gerard. Y es ahí cuando el dolor de cabeza aumenta. Donald es un hombre de familia, de eso no hay duda alguna, le gusta pasar tiempo con sus hijos y esposa, salir de vacaciones, bromear y platicar con ellos.

Sin embargo con Gerard últimamente eso ha resultado casi imposible. De cierta manera, Donald entiende el repudio de su primogénito hacia él. Siente que lo tiene bien merecido, mas eso no quiere decir que le guste. En incontables ocasiones ha tratado de buscar el perdón de Gerard, mas parece que entre más trata de acercarse, más lo aleja.

¿Y a qué ha llevado esto? A que Gerard busque llevarle la contraria, siempre. Por lo que, a pesar que hace un buen trabajo resolviendo los problemas de los demás, además que es excelente para las estrategias y administración de dinero (debería de convencerlo para que estudie administración pública o algo así), Gerard no anda por el buen camino.

Él nunca se lo ha dicho a Donald, pero este está casi seguro que Gerard se relaciona con la Familia Curtis y nadie tiene ni idea de cómo eso hace sentir a Donald. Le rompe el corazón.

No puede creer que su propia sangre lo traicione de esta manera. Lo que más le duele, es lo que tendría que hacer si es que sus corazonadas son ciertas. ¿Sería capaz de matar a su hijo? ¿A su único barón?

Nunca ha querido pensar en las respuestas a esas preguntas.

Y pensando en asesinatos, ese es otro de los puntos en: “Motivos por los cuales es difícil ser yo.” ¿Tienen idea de la cantidad de veces en las que su vida se ha visto amenazada? ¡Él ya hasta ha perdido la cuenta! En una ocasión terminó en el hospital y creyó que de esa no saldría, afortunadamente, logró seguir con vida, ¿pero qué tal si no lo hubiera hecho? ¿Quién se habría encargado de la Familia?

Comenzaba a dudar que su hijo lo hiciera, seguramente le entregaría todas sus conexiones y territorios a la Familia Curtis. Eso era algo que Donald no podía permitir, por eso es que había luchado tanto para seguir con vida.

Por su familia no se preocupa, pues era de común acuerdo que con las familias uno no se debe de meter. La familia es sagrada, quien llegue a intentar poner una mano sobre su adorada Donna, o su preciosa hija, Scarlett, puede estar seguro que le esperará una muerte lenta y realmente dolorosa.

Compromiso.


      Sólo una noche más… — Se dijo así mismo, frotando ambas manos para tratar de mantenerlas calientes.

Se recargó contra la pared de ladrillos que estaba detrás de él y fue capaz de ver como el vaho se escapaba con cada una de las palabras que salían de sus labios.

Esbozó una débil sonrisa a la vez que metía sus manos a los bolsillos de su gabardina. Su mano izquierda encontró lo que buscaba, mientras la derecha se topó con aquel objeto que había sido incapaz de entregar a su legítimo dueño.

      Será esta noche. — Dijo en voz alta. — Tiene que ser esta noche.

Dejó a un lado la cajita y sacó la cajetilla de cigarros que estaba en su bolsillo izquierdo. Con los labios, extrajo el cigarro directamente de la caja, la volvió a guardar para posteriormente sacar el encendedor de ese mismo bolsillo.

Escuchó como un carro andaba lentamente por las calles encharcadas, lo que despertó en él la paranoia de la que era dueño desde hacía meses atrás, por lo que se pegó lo más que pudo a la pared, esperando que las sombras lo protegieran.

¿Sabrían que estaba ahí…? ¿Alguien lo había delatado? Negó con la cabeza, no, era imposible. Nadie de la Familia lo delataría… ¿cierto?

Cuando el automóvil negro desapareció de su campo de vista, exhaló todo el aire que sus pulmones habían contenido durante esos largos segundos. Al sentir como la paranoia se alejaba poco a poco de él, cubrió con una de sus manos el cigarro que tenía entre los labios e intentó encenderlo, mas sus manos temblaban sin que así se lo propusiera.

      Mierda… — Maldijo en voz alta, ya que no podía controlar los nervios que sentía.

Aunque, para ser sinceros, más que nervios era miedo.

¿Miedo? Pero, ¿de qué podía tener miedo él, si era jefe de la segunda Familia más grande de Jersey? Bueno… eso era suficiente motivo para vivir con temor, ¿no lo creen?

Cerró los ojos y contó hasta diez, tratando de controlarse. No debía dejar que el miedo lo invadiera, si lo hacía, ¿cómo podría decirle al resto que no temieran? O aún más importante, ¿cómo le diría a Gerard que todo estaba bien, si ni él mismo lo creía?

Llevó una de sus manos a su rostro y lo frotó con fuerza, tratando de alejar así toda la tensión que invadía su cuerpo. “Debes de relajarte,” se dijo. “Si no lo haces por ti, hazlo por él.”

Con ese último pensamiento en mente, tiró el cigarro que había sacado con anterioridad y sacó uno nuevo. No estaba lloviendo, pero sí estaba chispeando, por lo que su anterior cigarro se había empapado y no podría prender.

Cuando tuvo el nuevo entre sus labios, escuchó una voz detrás de él:

      Lamento haberme tardado tanto. — La persona que recién había llegado se disculpó y rodeó su cintura con sus brazos. — Ya sabes cómo es papá y no me dejaba salir.
      ¿Ni siquiera fuera de tu casa? — Contestó él sin poder evitar reír. — Dios, Gerard… tienes dieciocho años y tu papá te trata como si tuvieras trece.

Fue capaz de oír como el menor soltaba una ligera carcajada a la vez que se separaba de él para poder empujarlo débilmente. Él también rió y se dio la media vuelta para poder ver su rostro.

En cuanto estuvieron frente a frente, las risas frenaron, dejando que una amplia sonrisa quedara colgando de los labios delgados y pálidos del peli-blanco. Una de menor magnitud también se quedó en el rostro del más alto, sin embargo, eso no quería decir que fuera menos feliz.

Al contrario, era quizá el que estaba más contento por poder ver el rostro del otro.

    Si tan sólo mi papá supiera que salí en medio de la noche para verte… — Murmuró el oji-olivo, dando un paso hacia el frente para romper la poca distancia que había entre ellos y ser capaz de aferrarse al cuello de la camisa del oji-azul. — Le daría un infarto. — Terminó entre risas.

      Si tan solo fuéramos tan afortunados… — Bromeó el pelinegro (¿O tal vez lo decía en serio?).

      Sí… — Afirmó Gerard y la sonrisa que había en su rostro se desvaneció sin dejar rastro alguno.

El mayor sabía el tipo de relación que el oji-olivo tenía con su padre y… bueno, no podía culpar del todo a Gerard. Todavía no dejaba de ser un adolescente, siempre buscaría la forma para llevarle la contraria a su padre… por eso estaba con él.

Soltó un suspiro y tomó el cigarro entre sus dedos para poder dejar escapar el humo que contenía su garganta. Lo sacó todo en la cara del menor y este hizo una mueca cargada de asco a la vez que se alejaba un par de pasos de él.

      ¿Qué te pasa, Ian? — Se quejó. — Sabes lo mucho que detesto el maldito humo del cigarro.
      Oh, eres tan delicado, querido. — Se burló y remarcó el “querido” pues estaba consciente de lo mucho que a Gerard le encantaba su acento.
      Ugh, eres desagradable, ¿sabías? — Siseó por lo bajo, manteniendo su distancia. — Tienes suerte de ser gracioso, sino no estaría contigo.

Sin poder controlarse, Ian Curtis soltó una gran carcajada ante el comentario de su novio. Dejó caer el cigarro y no se molestó en apagarlo con la punta de su zapato, pues estaba seguro que la lluvia se encargaría de hacerlo por él.

Esta vez, fue él quien rompió la distancia que había entre ellos dos y abrazó por la cintura al peli-blanco. Descansó su mentón en la cabeza de este y cerró los ojos ante la sensación de bienestar que lo invadía cada vez que tenía al menor entre sus brazos.

   Los dos sabemos que estás conmigo porque no puedes vivir sin lo que te doy. — Susurró a su oído, acompañado de una casi imperceptible embestida.
      Claro, como si mi vida sexual contigo fuera muy activa. — Replicó Gerard. Claro que su propósito era ser rudo, sin embargo Ian fue capaz de detectar el ligero temblor que había en su voz, lo cual, claro, le arrebató una sonrisa. — Estoy contigo por tus montones de dinero y toneladas de droga.
      Ajá. — Contestó el oji-azul. — Sólo por eso estás a mi lado… por la droga.
      Por supuesto. — Espetó Way. — ¿Por qué más lo estaría? — Preguntó desafiante, por lo que Ian rió.

Se despegó un poco del cuerpo de su novio, no sin antes depositar un sonoro beso en su sien, y su sonrisa se agrandó en cuanto lo vio a los ojos. Era increíble el efecto que podía tener Gerard en él. Escasos minutos atrás sentía que se cagaba del miedo, y ahora, mírenlo: la paz y tranquilidad invadían cada centímetro de su ser.

Acarició la helada mejilla del oji-olivo con el dorso de su mano sin dejarse de sonreír. Adoraba el brillo que aparecía en los orbes del menor cada vez que hacía este pequeño gesto. Cuando Ian lo acariciaba de esta  manera, era cuando no podía creer que la persona que estaba frente a él era real… cuando le parecía imposible que estuviera junto a él.

¿Por qué lo estaría, cuando podía estar con quien él quisiera? Ian no lo entendía, pero le alegraba que así fuese.

      Podrás decir lo que quieras, Way. — Comenzó a hablar Ian, tomando el rostro del peli-blanco entre sus dos manos y acercándolo a él para que la distancia entre sus labios fuera mínima. — Pero estoy seguro de que estás conmigo porque no puedes vivir sin mí y porque me amas más que a tu vida. — Hizo una breve pausa, preparándose para por fin dar el paso que había estado retrasando desde hacía meses.

Vio que Gerard abría los labios para decir algo, seguramente trataría de decir algún chiste para romper con el ambiente de seriedad que los había rodeado, como siempre solía hacer. Sin embargo, Ian no se lo permitiría esta vez, porque realmente necesitaba sacar de su pecho la pregunta que no lo dejaba dormir durante las noches.

      Nada de lo que alguien pueda decir, ni siquiera de lo que tú puedas decir, me hará pensar lo contrario, Gery. — Murmulló al mismo tiempo que comenzaba a acariciar ambas mejillas del menor, las cuales estaban sonrojadas por el frío que se sentía aquella noche.
      ¿A qué viene todo esto, Ian? — Inquirió Gerard, sin poder despegar sus ojos olivos de los azules de su pareja. — Digo, no es que me sorprenda que digas todo esto, porque todos en el planeta Tierra sabemos lo cursi que eres cuando se trata de mí…
      Guarda silencio, Gerard. — Pidió el mayor y algo en su tono hizo que Way hiciera caso sin rechistar. — Lo que te quiero decir es que soy feliz estando a tu lado… — dijo en el tono más dulce que Gerard le había escuchado emplear. — y quiero continuar así por lo que me queda de vida…
      Ian… — Gerard no podía creer lo que estaba escuchando, esto era un sueño o algo así.
Sus mejillas perdieron el calor que las manos de Ian le brindaban, pues este las estaba llevando a uno de los bolsillos de su gabardina. Seguía sin poder creer lo que estaba sucediendo.
      Sabes que eres lo que más amo en este mundo, ¿verdad? — Preguntó y el modo en que realizó la pregunta sólo logró que algo dentro de Gerard se derritiera. — Bueno, yo también sé que me amas, pero me gustaría escucharlo salir de tus labios porque nunca, durante el tiempo que llevamos juntos, me lo has dicho…
      Ian, yo te… — Rápidamente, los labios del pelinegro se unieron a los suyos en un beso que delataba lo ansioso que se sentía en ese momento.
      Shh, aún no me lo digas. — Dijo el oji-azul una vez se hubieron separado. Su mano al fin sacó lo que tenía en su bolsillo y lo todo lo que aconteció después de eso, sucedió en cámara lenta frente a los ojos de Gerard:

Ian arrodillándose frente a él, sin importarle que los pantalones de diseñador que llevaba en ese momento se empaparan gracias a los charcos. Ian dedicándole aquella mirada que siempre hacía que Gerard se sintiera en la cima del mundo, como si fuera lo más bello e importante del mundo. Ian extendiendo su mano frente a él, dejando ver una pequeña cajita que contenía un anillo de compromiso dentro. Ian, despegando sus labios para formular la pregunta que tenía al corazón del oji-olivo latiendo con aceleración por la anticipación: “Gery, ¿te casarías…?”

El chillido de las ruedas de un carro que frenó de pronto. Puertas azotándose con fuerza y el susurro de la tela siendo rozada por armas de gran calibre.

Ian no terminando su pregunta porque recibió diez disparos en la espalda que lo mataron de inmediato. Ian perdiendo el brillo en sus ojos, pues la vida se le estaba escapando rápidamente.

Las puertas nuevamente se azotaron, pues los asesinos de su novio se dieron a la fuga. El cuerpo de Ian cayó al piso y las piernas de Gerard perdieron fuerza, provocando que cayera de rodillas junto al pelinegro.
Tuvo que aferrarse al concreto, pues sentía que todo su mundo comenzaba a derrumbarse. Su mundo se había acabado.

Trató con toda su fuerza, realmente lo trató, pero el dolor que se había apoderado de su cuerpo era tanto, que se encontraba fuera de su alcance el poder contener los sollozos que se había remolinado en el interior de su garganta.

Primero soltó uno, esperando que fuera el único que lograra escapar, sin embargo no fue así: a ese le siguió otro, luego uno más, y así hasta que su cuerpo comenzó a temblar con fuerza. Los sollozos se transformaron en maldiciones y estas se convirtieron en gritos cargados de ira y odio.

Pero no olviden el dolor, ese estaba presente; su firma estaba ahí.

Sufría por su padre, aunque no quisiera admitirlo. También lo hacía por los malditos hijos de puta que se ya se encontraban a kilómetros de donde estaba él, pero sobre todo, sufría porque había perdido lo más valioso que tenía en la vida…

Perdió al amor de su vida.

Cuando fue capaz de tranquilizarse un poco, tomó al oji-azul entre sus brazos y lo pegó a él, tratando de brindarle calor, de darle vida.

      No me dejes, — Pidió, esperando ser escuchado. — por favor no lo hagas, Ian.

No hubo respuesta.

      Te amo. — Confesó, mas era tarde, demasiado tarde. Nunca lo dijo en respuesta cuando Ian se lo murmuraba al oído, o cuando se lo decía después de hacer el amor. Jamás se lo dijo y cómo se arrepentía. — De verdad lo hago, idiota… y me quiero casar contigo, por favor…

Escuchó como las sirenas comenzaban a acercarse y supo qué era lo que tenía que hacer: besó los pálidos labios de su novio y le cerró los párpados. El peliblanco se puso de pie y lo miró por una última vez: parecería que Curtis estaba dormido, sino fuera por la sangre que había manchado su camisa después de los disparos que recibió.

Cuando las sirenas se escucharon más cerca, Gerard tomó la pequeña caja que aún estaba en la mano del pelinegro. Comenzó a alejarse, pero no entró a su casa.

Dolía, pero sabía que eso era lo que Ian habría querido que hiciera.

Sorrow.


Una inmensa opresión se adueñó de su pecho; había comenzado desde el centro, casi imperceptiblemente, mas luego comenzó a expandirse y ganó terreno. No podía respirar, era como si alguien hubiera cerrado sus manos alrededor de su garganta, obstruyendo así el paso del oxígeno.

Dolor, eso era lo que sentía… lo único que podía sentir.

Tuvo que retroceder un par de pasos, se habría alejado más de ser posible, sin embargo la pared de ladrillos que se encontraba detrás de él se lo impidió. Al chocar contra el muro, un quejido se escapó de entre sus labios y fue eso lo único que necesitó para perder la poca compostura que poseía.

Sus piernas se debilitaron, no podían sostenerlo más, por lo que cayó al piso de rodillas. Tuvo que sostenerse con las manos para no yacer por completo en el suelo. Tuvo que aferrarse al concreto, pues sentía que todo su mundo comenzaba a derrumbarse. Su mundo se había acabado.

Trató con toda su fuerza, realmente lo trató, pero el dolor que se había apoderado de su cuerpo era tanto, que se encontraba fuera de su alcance el poder contener los sollozos que se había remolinado en el interior de su garganta.

Primero soltó uno, esperando que fuera el único que lograra escapar, sin embargo no fue así: a ese le siguió otro, luego otro, y así hasta que su cuerpo comenzó a temblar con fuerza. Los sollozos se transformaron en maldiciones y estas se convirtieron en gritos cargados de ira y odio.

Pero no olviden el dolor, ese estaba presente; su firma estaba ahí.

Sufría por su padre, aunque no quisiera admitirlo. También lo hacía por los malditos hijos de puta que se ya se encontraban a kilómetros de donde estaba él, pero sobre todo, sufría porque había perdido lo más valioso que tenía en la vida…

Perdió al amor de su vida.

Cuando fue capaz de tranquilizarse un poco, gateó unos cuantos metros, hasta toparse con el cuerpo inerte de quien fue su novio. Lo tomó entre sus brazos y lo pegó a él, tratando de brindarle calor, de darle vida.

“No me dejes,” pidió, esperando ser escuchado. “Por favor no lo hagas, Ian.”

No hubo respuesta.

Gerard lloró lastimosamente a la vez que despegaba un poco el cuerpo del oji-azul del suyo, sólo para poder ver sus ojos, aquellos que siempre le miraban con intensidad, como si fuera lo más preciado y hermoso que tenía.

“Te amo.” Confesó, pero ahora era tarde, demasiado tarde. Nunca lo dijo en respuesta cuando Ian se lo murmuraba al oído, o cuando se lo decía después de hacer el amor. Jamás se lo dijo y cómo se arrepentía. “De verdad lo hago, idiota.”

Escuchó como las sirenas comenzaban a acercarse y supo qué era lo que tenía que hacer: besó los pálidos labios de su no-novio y le cerró los párpados. El peliblanco se puso de pie y lo miró por una última vez, parecería que Curtis estaba dormido, sino fuera por la sangre que había manchado su camisa después del disparo que recibió.

Cuando las sirenas se escucharon más cerca, Gerard comenzó a alejarse.

Dolía, pero sabía que Ian le habría pedido que lo hiciera.

Day 05.

A photo of your favorite memory.

Okay, tal vez no sea mi memoria favorita, pero aquel día fue fantástico. Fue muy divertido, estuve con personitas especiales para mí y... no sé, nos dimos la mojada de nuestra vida xD

A las personas de esta foto las adoro con todo mi ser, aunque sea una pesada con una de ellas... pero de aquella manera demuestro mi amor.

Day 04.

A picture of your favorite band.

*sigh* ¿Qué puedo decir acerca de estos magníficos chicos? Los adoro, son mis botes salvavidas, quienes me ayudan a gritar cuando más lo necesito, quienes me acompañan cuando lloro y me cuesta respirar.

Muchas personas dicen que ellos han salvado sus vidas, yo no puedo decir lo mismo. Sin embargo, ellos ayudaron a que me formara como persona y sea quien soy hoy.

Ellos significan mucho para mí, en verdad.


Day 03.

A picture of the cast of your favorite TV show.


Sherlock. 

Benedict Cumberbatch, como Sherlock Holmes y Martin Freeman como Dr. John Watson. Esta es una adaptación inglesa de las historias de Sir Conan Doyle. Es extremadamente buena... y muy gay, debo de confesar. De hecho, fue por el Johnlock que comencé a ver la serie c: