Sólo una noche más… — Se dijo así mismo, frotando ambas manos para tratar de mantenerlas calientes.

Se recargó contra la pared de ladrillos que estaba detrás de él y fue capaz de ver como el vaho se escapaba con cada una de las palabras que salían de sus labios.

Esbozó una débil sonrisa a la vez que metía sus manos a los bolsillos de su gabardina. Su mano izquierda encontró lo que buscaba, mientras la derecha se topó con aquel objeto que había sido incapaz de entregar a su legítimo dueño.

      Será esta noche. — Dijo en voz alta. — Tiene que ser esta noche.

Dejó a un lado la cajita y sacó la cajetilla de cigarros que estaba en su bolsillo izquierdo. Con los labios, extrajo el cigarro directamente de la caja, la volvió a guardar para posteriormente sacar el encendedor de ese mismo bolsillo.

Escuchó como un carro andaba lentamente por las calles encharcadas, lo que despertó en él la paranoia de la que era dueño desde hacía meses atrás, por lo que se pegó lo más que pudo a la pared, esperando que las sombras lo protegieran.

¿Sabrían que estaba ahí…? ¿Alguien lo había delatado? Negó con la cabeza, no, era imposible. Nadie de la Familia lo delataría… ¿cierto?

Cuando el automóvil negro desapareció de su campo de vista, exhaló todo el aire que sus pulmones habían contenido durante esos largos segundos. Al sentir como la paranoia se alejaba poco a poco de él, cubrió con una de sus manos el cigarro que tenía entre los labios e intentó encenderlo, mas sus manos temblaban sin que así se lo propusiera.

      Mierda… — Maldijo en voz alta, ya que no podía controlar los nervios que sentía.

Aunque, para ser sinceros, más que nervios era miedo.

¿Miedo? Pero, ¿de qué podía tener miedo él, si era jefe de la segunda Familia más grande de Jersey? Bueno… eso era suficiente motivo para vivir con temor, ¿no lo creen?

Cerró los ojos y contó hasta diez, tratando de controlarse. No debía dejar que el miedo lo invadiera, si lo hacía, ¿cómo podría decirle al resto que no temieran? O aún más importante, ¿cómo le diría a Gerard que todo estaba bien, si ni él mismo lo creía?

Llevó una de sus manos a su rostro y lo frotó con fuerza, tratando de alejar así toda la tensión que invadía su cuerpo. “Debes de relajarte,” se dijo. “Si no lo haces por ti, hazlo por él.”

Con ese último pensamiento en mente, tiró el cigarro que había sacado con anterioridad y sacó uno nuevo. No estaba lloviendo, pero sí estaba chispeando, por lo que su anterior cigarro se había empapado y no podría prender.

Cuando tuvo el nuevo entre sus labios, escuchó una voz detrás de él:

      Lamento haberme tardado tanto. — La persona que recién había llegado se disculpó y rodeó su cintura con sus brazos. — Ya sabes cómo es papá y no me dejaba salir.
      ¿Ni siquiera fuera de tu casa? — Contestó él sin poder evitar reír. — Dios, Gerard… tienes dieciocho años y tu papá te trata como si tuvieras trece.

Fue capaz de oír como el menor soltaba una ligera carcajada a la vez que se separaba de él para poder empujarlo débilmente. Él también rió y se dio la media vuelta para poder ver su rostro.

En cuanto estuvieron frente a frente, las risas frenaron, dejando que una amplia sonrisa quedara colgando de los labios delgados y pálidos del peli-blanco. Una de menor magnitud también se quedó en el rostro del más alto, sin embargo, eso no quería decir que fuera menos feliz.

Al contrario, era quizá el que estaba más contento por poder ver el rostro del otro.

    Si tan sólo mi papá supiera que salí en medio de la noche para verte… — Murmuró el oji-olivo, dando un paso hacia el frente para romper la poca distancia que había entre ellos y ser capaz de aferrarse al cuello de la camisa del oji-azul. — Le daría un infarto. — Terminó entre risas.

      Si tan solo fuéramos tan afortunados… — Bromeó el pelinegro (¿O tal vez lo decía en serio?).

      Sí… — Afirmó Gerard y la sonrisa que había en su rostro se desvaneció sin dejar rastro alguno.

El mayor sabía el tipo de relación que el oji-olivo tenía con su padre y… bueno, no podía culpar del todo a Gerard. Todavía no dejaba de ser un adolescente, siempre buscaría la forma para llevarle la contraria a su padre… por eso estaba con él.

Soltó un suspiro y tomó el cigarro entre sus dedos para poder dejar escapar el humo que contenía su garganta. Lo sacó todo en la cara del menor y este hizo una mueca cargada de asco a la vez que se alejaba un par de pasos de él.

      ¿Qué te pasa, Ian? — Se quejó. — Sabes lo mucho que detesto el maldito humo del cigarro.
      Oh, eres tan delicado, querido. — Se burló y remarcó el “querido” pues estaba consciente de lo mucho que a Gerard le encantaba su acento.
      Ugh, eres desagradable, ¿sabías? — Siseó por lo bajo, manteniendo su distancia. — Tienes suerte de ser gracioso, sino no estaría contigo.

Sin poder controlarse, Ian Curtis soltó una gran carcajada ante el comentario de su novio. Dejó caer el cigarro y no se molestó en apagarlo con la punta de su zapato, pues estaba seguro que la lluvia se encargaría de hacerlo por él.

Esta vez, fue él quien rompió la distancia que había entre ellos dos y abrazó por la cintura al peli-blanco. Descansó su mentón en la cabeza de este y cerró los ojos ante la sensación de bienestar que lo invadía cada vez que tenía al menor entre sus brazos.

   Los dos sabemos que estás conmigo porque no puedes vivir sin lo que te doy. — Susurró a su oído, acompañado de una casi imperceptible embestida.
      Claro, como si mi vida sexual contigo fuera muy activa. — Replicó Gerard. Claro que su propósito era ser rudo, sin embargo Ian fue capaz de detectar el ligero temblor que había en su voz, lo cual, claro, le arrebató una sonrisa. — Estoy contigo por tus montones de dinero y toneladas de droga.
      Ajá. — Contestó el oji-azul. — Sólo por eso estás a mi lado… por la droga.
      Por supuesto. — Espetó Way. — ¿Por qué más lo estaría? — Preguntó desafiante, por lo que Ian rió.

Se despegó un poco del cuerpo de su novio, no sin antes depositar un sonoro beso en su sien, y su sonrisa se agrandó en cuanto lo vio a los ojos. Era increíble el efecto que podía tener Gerard en él. Escasos minutos atrás sentía que se cagaba del miedo, y ahora, mírenlo: la paz y tranquilidad invadían cada centímetro de su ser.

Acarició la helada mejilla del oji-olivo con el dorso de su mano sin dejarse de sonreír. Adoraba el brillo que aparecía en los orbes del menor cada vez que hacía este pequeño gesto. Cuando Ian lo acariciaba de esta  manera, era cuando no podía creer que la persona que estaba frente a él era real… cuando le parecía imposible que estuviera junto a él.

¿Por qué lo estaría, cuando podía estar con quien él quisiera? Ian no lo entendía, pero le alegraba que así fuese.

      Podrás decir lo que quieras, Way. — Comenzó a hablar Ian, tomando el rostro del peli-blanco entre sus dos manos y acercándolo a él para que la distancia entre sus labios fuera mínima. — Pero estoy seguro de que estás conmigo porque no puedes vivir sin mí y porque me amas más que a tu vida. — Hizo una breve pausa, preparándose para por fin dar el paso que había estado retrasando desde hacía meses.

Vio que Gerard abría los labios para decir algo, seguramente trataría de decir algún chiste para romper con el ambiente de seriedad que los había rodeado, como siempre solía hacer. Sin embargo, Ian no se lo permitiría esta vez, porque realmente necesitaba sacar de su pecho la pregunta que no lo dejaba dormir durante las noches.

      Nada de lo que alguien pueda decir, ni siquiera de lo que tú puedas decir, me hará pensar lo contrario, Gery. — Murmulló al mismo tiempo que comenzaba a acariciar ambas mejillas del menor, las cuales estaban sonrojadas por el frío que se sentía aquella noche.
      ¿A qué viene todo esto, Ian? — Inquirió Gerard, sin poder despegar sus ojos olivos de los azules de su pareja. — Digo, no es que me sorprenda que digas todo esto, porque todos en el planeta Tierra sabemos lo cursi que eres cuando se trata de mí…
      Guarda silencio, Gerard. — Pidió el mayor y algo en su tono hizo que Way hiciera caso sin rechistar. — Lo que te quiero decir es que soy feliz estando a tu lado… — dijo en el tono más dulce que Gerard le había escuchado emplear. — y quiero continuar así por lo que me queda de vida…
      Ian… — Gerard no podía creer lo que estaba escuchando, esto era un sueño o algo así.
Sus mejillas perdieron el calor que las manos de Ian le brindaban, pues este las estaba llevando a uno de los bolsillos de su gabardina. Seguía sin poder creer lo que estaba sucediendo.
      Sabes que eres lo que más amo en este mundo, ¿verdad? — Preguntó y el modo en que realizó la pregunta sólo logró que algo dentro de Gerard se derritiera. — Bueno, yo también sé que me amas, pero me gustaría escucharlo salir de tus labios porque nunca, durante el tiempo que llevamos juntos, me lo has dicho…
      Ian, yo te… — Rápidamente, los labios del pelinegro se unieron a los suyos en un beso que delataba lo ansioso que se sentía en ese momento.
      Shh, aún no me lo digas. — Dijo el oji-azul una vez se hubieron separado. Su mano al fin sacó lo que tenía en su bolsillo y lo todo lo que aconteció después de eso, sucedió en cámara lenta frente a los ojos de Gerard:

Ian arrodillándose frente a él, sin importarle que los pantalones de diseñador que llevaba en ese momento se empaparan gracias a los charcos. Ian dedicándole aquella mirada que siempre hacía que Gerard se sintiera en la cima del mundo, como si fuera lo más bello e importante del mundo. Ian extendiendo su mano frente a él, dejando ver una pequeña cajita que contenía un anillo de compromiso dentro. Ian, despegando sus labios para formular la pregunta que tenía al corazón del oji-olivo latiendo con aceleración por la anticipación: “Gery, ¿te casarías…?”

El chillido de las ruedas de un carro que frenó de pronto. Puertas azotándose con fuerza y el susurro de la tela siendo rozada por armas de gran calibre.

Ian no terminando su pregunta porque recibió diez disparos en la espalda que lo mataron de inmediato. Ian perdiendo el brillo en sus ojos, pues la vida se le estaba escapando rápidamente.

Las puertas nuevamente se azotaron, pues los asesinos de su novio se dieron a la fuga. El cuerpo de Ian cayó al piso y las piernas de Gerard perdieron fuerza, provocando que cayera de rodillas junto al pelinegro.
Tuvo que aferrarse al concreto, pues sentía que todo su mundo comenzaba a derrumbarse. Su mundo se había acabado.

Trató con toda su fuerza, realmente lo trató, pero el dolor que se había apoderado de su cuerpo era tanto, que se encontraba fuera de su alcance el poder contener los sollozos que se había remolinado en el interior de su garganta.

Primero soltó uno, esperando que fuera el único que lograra escapar, sin embargo no fue así: a ese le siguió otro, luego uno más, y así hasta que su cuerpo comenzó a temblar con fuerza. Los sollozos se transformaron en maldiciones y estas se convirtieron en gritos cargados de ira y odio.

Pero no olviden el dolor, ese estaba presente; su firma estaba ahí.

Sufría por su padre, aunque no quisiera admitirlo. También lo hacía por los malditos hijos de puta que se ya se encontraban a kilómetros de donde estaba él, pero sobre todo, sufría porque había perdido lo más valioso que tenía en la vida…

Perdió al amor de su vida.

Cuando fue capaz de tranquilizarse un poco, tomó al oji-azul entre sus brazos y lo pegó a él, tratando de brindarle calor, de darle vida.

      No me dejes, — Pidió, esperando ser escuchado. — por favor no lo hagas, Ian.

No hubo respuesta.

      Te amo. — Confesó, mas era tarde, demasiado tarde. Nunca lo dijo en respuesta cuando Ian se lo murmuraba al oído, o cuando se lo decía después de hacer el amor. Jamás se lo dijo y cómo se arrepentía. — De verdad lo hago, idiota… y me quiero casar contigo, por favor…

Escuchó como las sirenas comenzaban a acercarse y supo qué era lo que tenía que hacer: besó los pálidos labios de su novio y le cerró los párpados. El peliblanco se puso de pie y lo miró por una última vez: parecería que Curtis estaba dormido, sino fuera por la sangre que había manchado su camisa después de los disparos que recibió.

Cuando las sirenas se escucharon más cerca, Gerard tomó la pequeña caja que aún estaba en la mano del pelinegro. Comenzó a alejarse, pero no entró a su casa.

Dolía, pero sabía que eso era lo que Ian habría querido que hiciera.