Una inmensa opresión se adueñó de su pecho; había comenzado desde el centro, casi imperceptiblemente, mas luego comenzó a expandirse y ganó terreno. No podía respirar, era como si alguien hubiera cerrado sus manos alrededor de su garganta, obstruyendo así el paso del oxígeno.

Dolor, eso era lo que sentía… lo único que podía sentir.

Tuvo que retroceder un par de pasos, se habría alejado más de ser posible, sin embargo la pared de ladrillos que se encontraba detrás de él se lo impidió. Al chocar contra el muro, un quejido se escapó de entre sus labios y fue eso lo único que necesitó para perder la poca compostura que poseía.

Sus piernas se debilitaron, no podían sostenerlo más, por lo que cayó al piso de rodillas. Tuvo que sostenerse con las manos para no yacer por completo en el suelo. Tuvo que aferrarse al concreto, pues sentía que todo su mundo comenzaba a derrumbarse. Su mundo se había acabado.

Trató con toda su fuerza, realmente lo trató, pero el dolor que se había apoderado de su cuerpo era tanto, que se encontraba fuera de su alcance el poder contener los sollozos que se había remolinado en el interior de su garganta.

Primero soltó uno, esperando que fuera el único que lograra escapar, sin embargo no fue así: a ese le siguió otro, luego otro, y así hasta que su cuerpo comenzó a temblar con fuerza. Los sollozos se transformaron en maldiciones y estas se convirtieron en gritos cargados de ira y odio.

Pero no olviden el dolor, ese estaba presente; su firma estaba ahí.

Sufría por su padre, aunque no quisiera admitirlo. También lo hacía por los malditos hijos de puta que se ya se encontraban a kilómetros de donde estaba él, pero sobre todo, sufría porque había perdido lo más valioso que tenía en la vida…

Perdió al amor de su vida.

Cuando fue capaz de tranquilizarse un poco, gateó unos cuantos metros, hasta toparse con el cuerpo inerte de quien fue su novio. Lo tomó entre sus brazos y lo pegó a él, tratando de brindarle calor, de darle vida.

“No me dejes,” pidió, esperando ser escuchado. “Por favor no lo hagas, Ian.”

No hubo respuesta.

Gerard lloró lastimosamente a la vez que despegaba un poco el cuerpo del oji-azul del suyo, sólo para poder ver sus ojos, aquellos que siempre le miraban con intensidad, como si fuera lo más preciado y hermoso que tenía.

“Te amo.” Confesó, pero ahora era tarde, demasiado tarde. Nunca lo dijo en respuesta cuando Ian se lo murmuraba al oído, o cuando se lo decía después de hacer el amor. Jamás se lo dijo y cómo se arrepentía. “De verdad lo hago, idiota.”

Escuchó como las sirenas comenzaban a acercarse y supo qué era lo que tenía que hacer: besó los pálidos labios de su no-novio y le cerró los párpados. El peliblanco se puso de pie y lo miró por una última vez, parecería que Curtis estaba dormido, sino fuera por la sangre que había manchado su camisa después del disparo que recibió.

Cuando las sirenas se escucharon más cerca, Gerard comenzó a alejarse.

Dolía, pero sabía que Ian le habría pedido que lo hiciera.